
El final de The Devil Wears Prada 2 homenajea un clásico de los 80 con Sigourney Weaver y Harrison Ford
El desenlace de The Devil Wears Prada 2 y su inesperado tributo a la comedia romántica de los 80
La esperada secuela de The Devil Wears Prada ha sorprendido no solo por retomar la dinámica explosiva entre Andy Sachs y Miranda Priestly, sino también por un detalle en su escena final que conecta con un clásico emblemático del cine de los años 80. El desenlace de esta película es un sutil y elegante homenaje a «Working Girl», protagonizada por Sigourney Weaver y Harrison Ford, una cinta que marcó época por su representación de la ambición femenina y los desafíos corporativos en la Nueva York de entonces.
En esta nueva entrega, Andy Sachs, interpretada por Anne Hathaway, regresa a Runway como editora senior, cuando la revista enfrenta una crisis al intentar adaptarse a la era digital. La vuelta a la restructuración de la famosa publicación la lleva una vez más a lidiar con la imponente figura de Miranda Priestly, papel que regresa Meryl Streep para mantener la esencia dramática y sofisticada que definió la primera cinta.
El director David Frankel y la propia Streep comentaron en entrevistas cómo el plano final está inspirado en la emblemática toma panorámica de Nueva York que concluye «Working Girl». En ese momento, la cámara se aleja para mostrar a los personajes como pequeñas figuras en el vasto escenario urbano, reflejando la incertidumbre y la suspensión en la que se encuentran sus destinos.
Este desenfoque de las figuras contra el fondo bullicioso de Nueva York simboliza cómo, sin importar el talento y la ambición que se tenga, todos los personajes compiten y luchan por espacio y oportunidades en una ciudad implacable. Streep describió este momento como una muestra de cómo están congelados en el tiempo: «Ellos son como insectos en una vitrina, ¿podrán sostenerse en ese mundo? ¿Será duradero ese nuevo camino que encuentran?». La solución que hallan al final parece casi un deus ex machina, una suerte de milagro inesperado, pero a la vez frágil y precario.
El contraste con «Working Girl» es especialmente significativo porque la película de los 80 gira en torno a una secretaria de Staten Island, Tess McGill interpretada por Melanie Griffith, que decide tomar las riendas de su carrera tras ser traicionada por su jefa Katherine Parker, personaje de Weaver. Tess, al asociarse con un corredor de inversiones encarnado por Harrison Ford, intenta navegar y conquistar el mundo corporativo, enfrentándose a barreras y estándares antiguos. De esta forma, ambas películas, a pesar de sus diferencias estilísticas, exploran temas similares sobre el empoderamiento femenino, las luchas en espacios dominados por hombres y el constante desafío de reinventarse en una metrópolis tan competitiva como Nueva York.
Además, la segunda parte de The Devil Wears Prada incluye el regreso de personajes interesantes como Emily Charlton, retomado por Emily Blunt, y Nigel Kipling, interpretado por Stanley Tucci, quienes complementan el enfoque en los cambios que enfrenta la industria de la moda y el periodismo frente a la revolución digital.
Desde un punto de vista técnico y narrativo, resulta notable cómo Frankel utiliza la composición visual para transmitir esta idea de incertidumbre colectiva y la fragilidad del éxito. El alejamiento gradual de la cámara es una herramienta clásica para evocar reflexión y universalidad, y aquí refuerza el mensaje crítico sobre la naturaleza efímera de los logros en ámbitos saturados como la moda, el periodismo y el mundo corporativo.
Este guiño a una película que marcó un antes y un después para la representación femenina en la pantalla grande añade un nivel extra de profundidad a The Devil Wears Prada 2, conectando generaciones cinematográficas y mostrando respeto por los cimientos en los que se sostienen las historias que hoy inspiran a audiencias contemporáneas.



