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‘How to Make a Killing’: Satira negra y desinflada del capitalismo moderno, Glen Powell intenta canalizar a un Patrick Bateman sin colmillos

El fenómeno actual: Cine, capitalismo y sátira en declive

Desde el fenómeno Parasite y su mirada cortante sobre las desigualdades económicas, el cine ha acelerado su obsesión con la sátira social y el juego macabro del capitalismo como campo de batalla contemporáneo. El éxito de la película surcoreana llevó a una proliferación de cintas donde la lucha por la riqueza se convierte en un juego narrativo lleno de dobles sentidos, ironía y humor negro. En ese entorno saturado desembarca How to Make a Killing, dirigida y escrita por John Patton Ford, pero lo hace con mucho menos filo y ambición de lo esperado.

Un heredero improbable en Manhattan: trama e inspiración literaria

La historia sigue a Beckett Redfellow (Glen Powell), un hombre común, hijo de una madre desheredada y, técnicamente, descendiente de una de las familias más ricas de Estados Unidos. Beckett ha crecido al margen, sin contacto real con sus parientes millonarios. Pero la muerte de su madre y el reencuentro con Julia (Margaret Qualley), su amor de infancia, desatan una idea oscura: eliminar sistemáticamente a los siete miembros de la familia que lo separan de una herencia multi-millonaria.

El guiño a la comedia negra Kind Hearts and Coronets se deja notar, aunque John Patton Ford opta por llevar al personaje a un entorno neoyorquino moderno, con una gran tienda de trajes como refugio del protagonista y escenas de Manhattan que evocan más a American Psycho que a la sátira clásica británica.

De la sátira al “thriller” insípido

A diferencia de películas recientes que revitalizan el género, como Triangle of Sadness o el cine de Park Chan-wook, How to Make a Killing carece de la fuerza necesaria para sorprender o incomodar. Los derroteros de la trama se sienten previsibles y la comedia negra apenas asoma, salvo por momentos inspirados protagonizados por Zach Woods, quien interpreta a un excéntrico millonario autodenominado ‘el Basquiat blanco’.

La elección narrativa de contar toda la historia a modo de confesión en el corredor de la muerte elimina cualquier atisbo de tensión: el espectador sabe desde el inicio adónde va a parar todo el viaje emocional y criminal de Beckett. El resultado es una experiencia fílmica que, pese a su premisa de alto riesgo, se diluye en una voz monótona y sin giros realmente impactantes.

El talón de Aquiles: Personajes desdibujados y falta de mordida

Donde otras películas navegan en la dualidad moral y el cinismo de la élite, Ford opta por protagonistas poco desarrollados y arcos emocionales que no terminan de convencer. El Beckett de Glen Powell nunca encuentra su propia versión de Patrick Bateman; en vez de ser un depredador brillante, parece simplemente arrastrado por las circunstancias, pasando de trabajador gris a asesino diestro de modo sorprendentemente simple.

En paralelo, el personaje de Ruth (Jessica Henwick), diseñadora y profesora aspirante, resulta una figura casi decorativa. Su desarrollo se queda corto para justificar un romance crucial que debería ser motor narrativo, presentando motivaciones vagas y una relación poco creíble con el protagonista.

El debate: ¿Basta el carisma de Glen Powell?

Pese a la creciente popularidad de Glen Powell —famoso por su participación en éxitos de acción y thrillers recientes—, ni su presencia ni el intento de darle matices a Beckett logran levantar el conjunto. El film se va quedando sin chispas, los diálogos satíricos no alcanzan a ser ni incómodos ni mordaces, y la crítica social queda atrapada en clichés repetidos: la infelicidad tras el dinero, el nepotismo que distorsiona la justicia y el sinsentido de los linajes familiares intocables.

Lo que podría haber sido: Una sátira digna de la era pos-‘Parasite’

En un panorama donde la desigualdad inspira narrativas provocadoras y retorcidas, How to Make a Killing termina ausente de la ferocidad y la inventiva que hoy marcan la diferencia en el cine social. Sus intentos de innovación se frenan ante elecciones de guion que juegan seguro y una construcción de personajes que no logra ni emocionar ni inquietar.

Queda, al final, la experiencia de un thriller satírico que apenas roza el potencial del género, lejos de las propuestas más brutales, sorprendentes y visionarias del cine contemporáneo sobre la lucha de clases y el costo de perseguir el poder económico.

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