
Saccharine: Un Aterrador Viaje Visual que Explora la Obsesión por el Cuerpo y la Dieta
Una propuesta visual única en el cine de terror
Saccharine abre con una escena que desafía la estética convencional del cine de horror: la imagen en reversa de alguien devorando alimento vorazmente. Este recurso, que combina abstracción y una atmósfera monocromática, logra provocar un efecto inquietante casi visceral, creciendo en el espectador esa sensación de rechazo e incomodidad que sirve de preludio a la historia. La directora y guionista australiana Natalie Erika James demuestra un claro dominio para construir imágenes potentes y simbólicas, que en ocasiones funcionan como el corazón visual de la película.
Una trama que entrelaza el terror con la compleja relación con el cuerpo
La narrativa se centra en Hana, una estudiante de medicina interpretada por Midori Francis, que lidia con una problemática alimentación y una profunda inseguridad sobre su físico. Hana está fascinada y obsesionada con Alanya (Madeleine Madden), quien está embarcada en un riguroso programa de pérdida de peso en el marco de un estudio científico. Buscando un cambio urgente que la acerque al ideal que Alanya representa, Hana acepta probar una medicina alternativa provocativa: una píldora para adelgazar llamada Gray.
Este tratamiento, aparentemente milagroso, tiene un lado oscuro: está elaborado a partir de cenizas humanas. La descubridora de este secreto es Melissa (Annie Shapero), una antigua amiga que apareció transformada físicamente gracias a la pastilla. Impulsada por una mezcla de deseo y desesperación, Hana intenta replicar la fórmula usando recursos macabros de su facultad médica, desencadenando así una presencia espectral que crece a medida que ella pierde peso.
El factor sobrenatural y la representación del cuerpo como fuente de terror
El elemento sobrenatural, representado por el espíritu del cadáver apodado despectivamente como Big Bertha, se convierte en una metáfora inquietante que conecta directamente con las obsesiones sociales sobre la imagen corporal y el entorno tóxico de las dietas extremas. El espectro no solo se manifiesta visualmente —reflejado en espejos y la misma casa de Hana— sino que emite una carga simbólica que aborda el miedo y el asco internalizado alrededor de la gordura y la autoaceptación.
Una aproximación pausada que puede cansar al espectador
Aunque las imágenes son impactantes y el universo planteado estimulante, el ritmo del largometraje sufre de un paso más lento de lo deseado, extendiendo momentos que hubieran funcionado mejor condensados. La duración cercana a dos horas parece estar algo inflada respecto al material narrativo —que podría haberse contado en poco más de 100 minutos— y el desenlace, aunque original, llega con un bajo impacto debido a la falta de tensión sostenida y desarrollo profundo.
Este ritmo pausado puede generar cansancio y dispersión, pues el guion da vueltas en torno a ideas ya anticipadas sin ofrecer giros o sorpresas que mantengan la intriga constante. La película intenta construir una atmósfera asfixiante que literalmente «aprieta» a la audiencia, pero esa sensación no se mantiene durante todo el metraje, por lo que unas partes resultan menos efectivas.
Un personaje principal con potencial no explotado
La caracterización de Hana es uno de los puntos críticos. A pesar de las excelentes actuaciones —especialmente de Francis— el personaje a menudo se siente atrapado en un ciclo repetitivo que limita la profundidad emocional y la empatía que genera. Su lucha interna, que es el motor fundamental de Saccharine, no alcanza a consolidarse del todo, lo que reduce el impacto de sus decisiones y sacrificios.
Además, la ambición de la historia por explorar diversas aristas de la relación entre cuerpo, autoestima y presión social sobre la imagen termina diluyendo la fuerza central del relato. En el intento de tocar múltiples temas, la película pierde foco y fuerza narrativa.
Una experiencia visual con mensaje y fallos de ejecución
En resumidas cuentas, Saccharine es una propuesta fresca dentro del género de terror psicológico, que utiliza elementos inquietantes para abordar la compleja relación entre la sociedad y las presiones alrededor del cuerpo y la alimentación. Su narrativa se acompaña de imágenes visualmente potentes que dejan una huella duradera, aunque la lentitud narrativa y un guion poco compacto afecten su eficacia global.
Su estreno en salas invita a los amantes del cine de terror y aquellos interesados en historias que cuestionan los estándares de belleza y alimentación a reflexionar sobre estas temáticas desde un enfoque oscuro y simbólico. Sin embargo, para quienes buscan un thriller más dinámico y con personajes de mayor profundidad emocional, Saccharine puede quedarse corta.
La película se proyecta en cines desde el 22 de mayo, siendo una opción interesante para quienes disfrutan de una mezcla de horror corporal y una dosis de crítica social en un formato visualmente llamativo.



